
En 2024, Chile presentó oficialmente su Política de Medicina Complementaria y Prácticas de Bienestar de la Salud (descargar aquí), un instrumento pensado para guiar, durante 10 años, la incorporación de estas prácticas en el sistema de salud. Esta política busca contribuir al bienestar de la población, integrando al enfoque biomédico convencional un conjunto diverso de terapias y saberes con calidad, seguridad y eficacia, respetando sus propios paradigmas y con una mirada holística del ser humano.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la Medicina Complementaria como “un amplio conjunto de prácticas de atención de salud que no forman parte de la medicina convencional ni están completamente integradas en el sistema de salud predominante”. La OMS ha promovido su incorporación segura y regulada en los sistemas de salud del mundo, especialmente por su potencial para aportar a la atención primaria, la cobertura universal y el enfoque centrado en las personas.
Esto no es menor si se considera que más de 100 millones de europeos utilizan hoy Medicina Tradicional y Complementaria; una quinta parte lo hace de forma regular y una proporción similar prefiere atención médica que la incluya. En África, Asia, Australia y América del Norte, la cifra es aún mayor. Como resultado, tanto consumidores como gobiernos están demandando su incorporación efectiva, bajo criterios claros de gestión, regulación, seguimiento y articulación con los sistemas de salud.
Una política con raíces culturales y mirada integradora
Desde 1992, Chile ya venía avanzando con la creación de la Unidad de Medicina Tradicional y otras Prácticas de Medicina Alternativa en el Ministerio de Salud. Sin embargo, el concepto de “medicina alternativa” ha ido cayendo en desuso, entre otras razones por los posibles riesgos de reemplazar el tratamiento biomédico. Por eso, hoy se habla de medicina complementaria o integrativa, en línea con una visión que busca combinar lo mejor de ambos mundos: ciencia y tradición.
“La medicina complementaria ya es parte de lo que muchas personas utilizan desde hace siglos. El Ministerio lo recoge en una política para integrarla al sistema institucional. No todo puede tener un respaldo científico absoluto, y hay que aceptarlo con humildad”, afirmó el Subsecretario de Redes Asistenciales, Osvaldo Salgado, durante la presentación oficial.
La Medicina Complementaria (MC) se entiende como un conjunto de sistemas médicos o elementos de éstos, distintos del modelo convencional, cuyo propósito es recuperar, mantener e incrementar el bienestar físico, social, mental y espiritual de las personas.
Por su parte, las Prácticas de Bienestar de la Salud (PBS) incluyen disciplinas no invasivas, como la alimentación saludable, el ejercicio, la meditación, el cultivo de vínculos, la resiliencia y las emociones positivas, con especial foco en la prevención, la promoción de la salud y un envejecimiento positivo.
“La medicina complementaria forma parte de nuevos paradigmas de salud que reconocen al ser humano como un ser integral: biológico, mental, espiritual y social. Acompañan amorosamente la sanación, el dolor o incluso el cultivo de la salud”, expresó Andrea Albagli, subsecretaria de Salud Pública, destacando además la importancia de establecer un marco de acuerdos planificados a largo plazo: “Una de las maneras que uno administra las dificultades que sabe que van a estar”.
Un sistema de salud más inclusivo y centrado en las personas
El sistema de salud chileno se define como un sistema basado en Atención Primaria, con un Modelo de Atención Integral de Salud que orienta a los equipos desde la anticipación al daño hasta la rehabilitación. Este modelo promueve una mirada biopsicosocial-espiritual, centrada en las personas, con enfoque familiar y comunitario, lo que dialoga perfectamente con los principios de la medicina complementaria.
El modelo posee tres principios irrenunciables:
- Centrado en las personas
- Integralidad de la atención
- Continuidad del cuidado
En este contexto, prácticas como la medicina mapuche o aymara, con su fuerte anclaje espiritual y uso tradicional de plantas, encuentran un espacio legítimo. Lo mismo ocurre con sistemas como la naturopatía, la medicina antroposófica o la homeopatía, que, aunque nacen desde las ciencias médicas occidentales, proponen enfoques complementarios y personalizados.
La integración también se refleja en la creación de instancias como las comisiones asesoras del MINSAL en acupuntura, homeopatía y naturopatía, y en redes como la Red Universitaria Nacional de Medicina Integrativa (REUNMI), integrada por universidades pertenecientes a ASOFAMECH, entre ellas: Universidad de Valparaíso, Universidad de Chile, Pontificia Universidad Católica, Universidad de Santiago y la Universidad Finis Terrae
Estas instituciones trabajan en conjunto para fomentar la formación, investigación y difusión de las medicinas tradicionales y complementarias en el ámbito académico.
Una política que mira hacia el futuro
Hoy, gracias a esta política, ya se están dando pasos concretos, como la incorporación de acupuntura en cuidados paliativos, y se espera que continúe la habilitación de espacios y recursos en infraestructura para seguir desarrollando estas prácticas.
Como lo expresó Salgado, “la gente busca respuestas en estos saberes porque la medicina que llamamos tradicional no siempre ha sido capaz de entregarlas. Esta política nos permitirá avanzar en ese camino”.
La diversidad de enfoques médicos no es una amenaza, sino una oportunidad para enriquecer el cuidado de la salud. Y esta política chilena es un ejemplo de cómo avanzar hacia una salud más humana, integral y conectada con los saberes que han acompañado a las personas durante generaciones.
Voces desde la práctica: miradas críticas y esperanzadoras
Para el médico integrativo y pediatra Claudio Méndez, exdirector del Hospital Juan Noé de Arica y del Servicio de Salud de la región XV, integrar una mirada más humanizada a la medicina no es solo una propuesta teórica, sino una urgencia nacida de su propia experiencia profesional y administrativa. Desde su enfoque en la sintergética —una propuesta que vincula la neurociencia con la autoobservación consciente—, sostiene que “las experiencias profesionales y administrativas me hacen ver la necesidad imperiosa de un trabajo que vea al ser humano, y se recupere para la medicina la humanidad, junto con toda la maravilla de la tecnología y los avances en la ciencia dura”.
En su reflexión, subraya la importancia de una medicina que no se fraccione entre ciencia y cuidado, sino que integre ambos pilares con un solo objetivo: el bienestar de las personas. “Que no sigamos viéndonos como separados”, plantea, enfatizando la urgencia de avanzar hacia una lógica sanitaria basada en la prevención más que en la intervención. “Que todas estas ideas puedan ser facilitadas por políticas de salud diligentes en todos los planos, no solo en la atención terciaria, sino fundamentalmente —y ojalá— desde la educación”, dice, abriendo con optimismo la posibilidad de una medicina realmente transformadora y al servicio de la vida.
Por otro lado, Cecilia Ferrera Leiva, psicóloga y psicoterapeuta corporal neoreichiana, queer, fitoterapeuta y acupunturista, valora positivamente el espíritu integrador de la Política de Medicinas Complementarias en Chile, destacando que “cualquier política que busque integrar diferentes comprensiones y aproximaciones multiculturales al bienestar de las personas tiende a contar con mi interés y apoyo”. Para ella, esta apertura representa una oportunidad concreta para dar respuesta a una diversidad de corporalidades y subjetividades que históricamente han quedado fuera del modelo biomédico tradicional.
Desde su experiencia profesional, Ferrera observa que muchas personas no solo no encuentran respuestas a su sufrimiento en el enfoque médico imperante, sino que tampoco se sienten representadas en su forma de concebir la salud, la enfermedad o el bienestar. En este sentido, la política de integración abre puertas para repensar el modelo de atención desde una lógica menos reduccionista, más conectada con las experiencias y realidades diversas que atraviesan los cuerpos en sus contextos socioculturales específicos.
Sin embargo, también señala que aún existen importantes desafíos. Uno de los más urgentes, a su juicio, es avanzar hacia una verdadera articulación entre los distintos enfoques, más allá de la mera coexistencia paralela de tratamientos. “Hoy por hoy se tiende a atender de modo ‘o’, en vez de contar con un protocolo realmente integrado, donde equipos trabajen colaborativamente en la atención de una persona”, comenta. Esta falta de integración real limita el potencial transformador de la medicina complementaria y mantiene las atenciones fragmentadas, incluso dentro de un mismo sistema.
Ferrera enfatiza la necesidad de que esta política contribuya a “derribar la lógica patologizante del modelo hegemónico“, abriendo espacio a formas de atención más respetuosas y sintonizadas con comunidades históricamente excluidas o mal atendidas, como mujeres, personas LGBTQIA+, migrantes, neurodiversas y en situación de pobreza. Si bien valora los avances, insiste en que aún falta establecer protocolos de atención explícitos que garanticen una experiencia de salud verdaderamente integradora, sensible a las particularidades de cada cuerpo y subjetividad.
Visiones desde el territorio: articular saberes para transformar el sistema
Desde el extremo sur del país, Ana Becerra Ibáñez, médica integral de orientación antroposófica y referente de la Medicina Complementaria y Prácticas de Buena Salud (MC-PBS) en el Servicio de Salud Aysén, reflexiona sobre el proceso que dio forma a la Política de Medicina Complementaria y Prácticas de Bienestar en Salud, presentada en diciembre de 2019. Hasta entonces, recuerda, el marco institucional se remitía al Decreto N°42, que regulaba solo tres disciplinas —acupuntura, homeopatía y naturopatía— y únicamente para personas sin formación universitaria en salud.
Con la elaboración de la política, señala Ana, se abrió una nueva etapa: “Se buscaba incorporar terapias complementarias en los establecimientos de salud, transversalizar y difundir su práctica técnica y profesional a través de un uso racional, con métodos de evaluación de calidad y eficacia, e integrando la academia y la investigación”.
Para ella, uno de los movimientos más significativos fue el establecimiento de referentes de MC en los servicios de salud y seremis regionales, lo que permitió articular lo que ya venía ocurriendo desde los territorios con mayor claridad estratégica. “Nosotros ya estábamos trabajando desde nuestras experiencias, sin esperar directrices del nivel central, porque las necesidades de nuestras comunidades lo exigían. Sin embargo, cuando pudimos acceder a los lineamientos y planes de acción, aunque aún no estuvieran oficialmente aprobados, logramos estructurar mejor nuestro quehacer”, explica.
Desde una visión inspirada en la medicina antroposófica, Ana propone una analogía para comprender esta articulación entre territorios y centro: “Así como en el cuerpo humano el cerebro es el centro y las extremidades representan la periferia, el desafío está en establecer una comunicación bidireccional entre ambos. Que el centro escuche y oriente, pero también que la periferia aporte con su experiencia concreta y su riqueza comunitaria”. Ese movimiento fluido y permanente es, para ella, el corazón de lo que debería sostener esta política en el tiempo.
Un futuro optimista
La Política de Medicina Complementaria y Prácticas de Bienestar en Salud no solo representa un hito técnico-institucional, sino también una invitación a transformar el modo en que concebimos la salud, el bienestar y la atención en el sistema público. Como lo reflejan las voces de quienes han sido parte activa de este proceso desde distintos territorios y disciplinas, este camino ha abierto posibilidades para integrar saberes, reconocer diversidades y construir un modelo más humano, inclusivo y preventivo.
En palabras de Cecilia Ferrera, se trata de una oportunidad para “atender a diferentes corporalidades que no encuentran respuesta en el modelo biomédico imperante”. Por su parte, Ana Becerra destaca la importancia de articular las experiencias locales con marcos estratégicos más amplios: “Nosotros ya trabajábamos desde las necesidades de nuestros territorios, pero al acceder a los lineamientos y planes de acción, pudimos ordenar y potenciar nuestra labor, en un diálogo fluido entre centro y periferia”. Claudio Méndez lo expresa con claridad: es urgente recuperar la humanidad de la medicina, integrar la tecnología con la conciencia y construir políticas diligentes que permitan prevenir antes que intervenir.
En este proceso, fue fundamental el trabajo editorial y articulador de Carmen Julia Cerda y Yénive Cavieres, editoras de la Política de MC y PBS, quienes impulsaron con esmero los lineamientos que hoy permiten sostener una mirada más amplia y compleja sobre la salud. Gracias a esfuerzos como el suyo, la política abre una promesa concreta: la posibilidad de forjar un sistema de salud más equitativo, sensible a las diversidades y comprometido con la vida en todas sus formas.
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